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lunes, 10 de marzo de 2014

Peligro público

Hasta hace unos días, desde la ventana del despacho que ocupo en la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) podía ver un contenedor de esos que habitualmente se utilizan para los escombros cuando se hace una obra.

Hace justo una semana, una compañera de despacho contiguo me avisa que algo que está sucediendo junto a ese contenedor. Me asomo y veo a dos personas negras rodeadas de tres vigilantes de seguridad de la empresa contratada por la UPV (Prosegur) y seis efectivos de la Policía Nacional. Hasta tres coches patrulla habían llegado hasta el lugar.

Salimos de nuestros despachos y nos acercamos por curiosidad, a ver que pasa. Según parece, el "problema" es que los dos ciudadanos subsaharianos estaban "robando" material (chatarra) de un contenedor. 

La escena es completamente surrealista. Seis policías y tres guardias de seguridad alrededor de esos dos muchachos. Les obligan a vaciar sus mochilas y a retornar al contenedor el material "robado". ¿Quién decide qué es lo tomado de ese contenedor, y qué no? Por supuesto la policía. ¿Con qué criterio? 

En un momento, uno de los policías decide que todo lo que llevan en las mochilas va al contenedor. Un momento después, otro de los policías decide que las herramientas que llevan en las mochilas (un destornillador, un martillo, ...) se las pueden llevar. El criterio era claro... lo que a mí me salga de los huevos.

Finalmente, tras dejar en el contenedor lo que la policía decide que ha de quedarse en el contenedor, dejan marcharse a los dos muchachos en sus bicicletas (por cierto, ¿qué hubiera pasado si alguno de los policías hubiera decidido que las bicicletas estaban en el contenedor?).

Pasó una semana desde este suceso y diariamente me asomé al contenedor. Sobre la chatarra que la policía hizo devolver al contenedor se fueron amontonando piedras, escombros, cascotes,... Y finalmente hace un par de días el contenedor desapareció. 

¿Qué destino piensan ustedes que tendrá la chatarra que permaneció bajo los cascotes? ¿Piensan que alguien va a sacarla de ahí para reciclarla? ¿Qué peligro público suponían los dos muchachos que pretendían llevarse la chatarra, probablemente para obtener unos ingresos de subsistencia? ¿Tanto se aburren los guardias de seguridad de la UPV que tienen que llamar a la Policía Nacional porque dos muchachos están llevándose chatarra de un contenedor? ¿No tiene la Policia Nacional nada más importante que hacer?

domingo, 16 de febrero de 2014

El por qué de Germán

Hoy en la mañana salí a callejear Quito y terminé entre los puestos de artesanía del parque El Ejido. Cuando las plantas de los pies empezaban a pedirme un descanso, me senté en uno de los bancos y saqué el libro que ando leyendo. Y ese momento se me acercó Germán a pedirme un cigarrillo. 

Germán es uruguayo, deba andar en la treintena, y luce una barba poblada que no esconde sus lindos rasgos. Le ofrecí papel, filtro y tabaco suelto, y en el tiempo que tardó en servirse intercambiamos cuatro frases. Suficientes para que a ambos nos apeteciera intercambiar alguna más.

¿Dónde puede tomarse uno un buen sanduche para reponer energías? le pregunté. Acá cerca hay un sitio decente, me respondió. ¿Te apuntas? le invité. Si paga la madre patria, no tengo ningún inconveniente, remató. 

Y entre sanduches de pernil y unas cuantas pilsener Germán me ha contado que estudió contaduría en la Universidad de la República, en Montevideo. Que anduvo trabajando un par de años en una empresa de su ciudad, y que a mediados de la primera década del siglo la crisis en su país le obligó a exiliarse. Un primo que andaba por Madrid le sugirió que fuera para España. Y terminó en Gandía, trabajando en las oficinas de una empresa del sector del mueble. Pero llegó la crisis a España, y de nuevo le obligó a exiliarse.

Dos exilios económicos en menos de cinco años son demasiado, me cuenta Germán. Así que decidí que si tenía que seguir botando de un lugar a otro, lo haría en función de mis decisiones, y no de las de los mercados internacionales.

Germán había ahorrado lo suficiente como para poder tomarse unos meses para pensar. Pensar dónde, cómo y por qué. Respecto al dónde, decidió que sería en su continente, en América Latina. El cómo, no volviendo a ser nunca empleado de nadie. El por qué… ahí le surgieron más dudas.

Me cuenta Germán que cuando decidió que sería en su continente, buscó un destino al que pudiera llegar con billete de avión barato. Y Quito le pareció una buena opción. Hace seis meses que llegó a la capital ecuatoriana, y en los primeros tres aprendió a trabajar la bisutería.

Ahora vendo las artesanías que yo mismo hago, me sigue contando. Unos días me ubico en los alrededores del mercado artesanal de La Mariscal. Otros en el parque El Ejido. Cuando me canso de Quito, traslado la “oficina” a la costa. O a algún lugar de la sierra. Y el día que me canse de Ecuador, tal vez cruce la frontera, todavía no sé en qué dirección.

Sabes, me dice Germán cuando estamos a punto de despedirnos, en estos meses seguí dándole vueltas al por qué. Acá en Ecuador hablan mucho del Buen Vivir, del Sumak Kawsay. Yo no acabo de entender bien lo que significa eso. Pero yo le di mi propia lectura. Yo necesito poco para vivir bien, porque no necesito vivir mejor. Ni mejor que nadie, ni mejor cada día. Solamente vivir bien, y de un modo que no implique que el resto no pueda vivir igual de bien que yo.

Y mientras se aleja con una sonrisa, creo que sí que lo entendió. Y creo que encontró el por qué, un por qué.

domingo, 6 de octubre de 2013

Tres historias en tránsito en el aeropuerto de Miami

Ha tenido que ser una larga espera en tránsito en el aeropuerto de Miami la que me ha hecho encontrar la oportunidad de retomar este blog, seis meses después.


Una "reorganización de procesos" desde la última vez que pasé por este aeropuerto (siempre que puedo, procuro evitarlo) ha significado superar los trámites de migración en apenas quince minutos. I can't believe it, repetía sorprendido el señor que los pasó delante de mí ante la diligencia con que avanzaban las colas, en otros momentos interminables.

El caso es que mi vuelo de American Airlines (hay cosas peores que la comida que dan en los vuelos de Iberia) aterrizó en Miami a las 14:35 y en apenas media hora había pasado por migración, recogido el único paquete que había facturado para pasarlo por aduana y devolverlo, y estaba listo para enfrentarme a casi ocho horas de espera hasta la salida del vuelo que me ha traído a Paraguay. Y con todo, la espera no se hizo pesada.

Apenas me había sentado y me estaba enchufando los cascos para escuchar algo de música cuando se me acercó un señor mayor, piel morena, pelo blanco, tres enormes maletones que sólo podía arrastrar a turnos. ¿Sería tan amable, señor, de explicarme por dónde tengo que ir? me preguntó a la vez que extendía su brazo para entregarme una hoja impresa con su itinerario. En tránsito como yo, pero en su caso entre Santo Domingo y Washington. Lo he acompañado al punto en el que tenía que entregar el equipaje facturado, le he indicado el lugar por el que tenía que pasar el control para dirigirse hacia su puerta de embarque, y he terminado comentándole que no tuviera prisa, que todavía faltaban unas horas para que saliera su vuelo. ¿Y sería tan amable, señor, de aceptarme que le invitara a tomar un café? ha sido su respuesta.

Y tomando esos cafés (mucho peores que los de Santo Domingo me decía el señor) ha sido como me ha contado que hace dos meses que enviudó -después de cincuenta y nueve años casado con su Mariela-, que su única hija vive desde hace años en Washington, y que después de mucho resistirse ha cedido a su voluntad -la de su hija- de irse a vivir con ella, y con su marido -de su hija- y con sus nietos -de él-.

¿Y qué voy a hacer yo en esa ciudad? ¿Usted cree, señor, que encontraré en esa ciudad alguien a quien le guste jugar al ajedrez? ¿Cree usted, señor, que encontraré algún lugar en el que tomarme un traguito de ron por la tarde, cuando caiga el sol? ¿Cree usted, señor, que conseguiré en esa ciudad algún lugar dónde comprarme unos cigarros puros dominicanos?  

El banco de la "Animal Relief Area"
Cuando hemos acabado los cafés, lo he acompañado de nuevo al punto de control, y ahí, antes de despedirme con un abrazo, ha echado mano al bolsillo de su chaqueta y ha sacado uno de esos cigarros puros dominicanos que tanto le gustan porque huelen a muslos de mujer, como los muslos de su Mariela. Y mientras me fumaba ese puro en los exteriores del aeropuerto, sentado en el único banco que he encontrado, el de la "Animal Relief Area", he caído en la cuenta que el señor no me dijo su nombre. Repitió como una docena de veces el de su Mariela, pero no me llegó a decir el suyo. Y he disfrutado ese cigarro puro casi tanto como unos muslos de mujer.

Andaba dándole las últimas caladas cuando a mi espalda un señor, éste de piel morena y pelo todavía más moreno, de menor estatura que el marido de Mariela y bastante más joven que él, me ha pedido fuego. ¿A usted también le gustan los puritos? Éstos que me fumo yo son de Estelí. Y fumando el segundo puro de la tarde (más de los que suelo fumar en un año normal), al que me ha invitado Camilo, es que me ha contado que nació en Estelí, que se llama como se llama porque sus padres le pusieron el nombre de Camilo Cienfuegos, porque cuando nació hacía poco que los barbudos habían entrado victoriosos en La Habana, que la Contra mató a su padre y a sus dos hermanos mayores, y que hace unos años que emigró a Estados Unidos, que le dolía vivir en el país que apoyó a los asesinos de su padre y sus hermanos, y que hace un año decidió regresar a su país, y que éste año que ha pasado en Managua le ha dolido más que vivir en "los Estados" porque Daniel traicionó la revolución; que él sigue siendo sandinista pero no soporta más vivir en su país, y que así ha decidido regresarse a "los Estados". Y el segundo cigarro puro de la tarde me ha sabido amargo, muy amargo.

Me he despedido de Camilo y he entrado de nuevo al edificio del aeropuerto porque el calor fuera era insoportable, y me he sentado en una de las filas de asientos de una de las zonas de espera. Antes de que pudiera enchufarme de nuevo los cascos se ha sentado a mi lado una mujer, de piel tan morena como la de Camilo, y de pelo tan negro como el de Camilo, y me ha brindado una sonrisa tímida, y así ha arrancado la tercera historia en tránsito.

¿Es la primera vez que viene a los Estados Unidos? me ha preguntado. Yo le he contestado que en realidad lo único que conozco de los Estados Unidos es el aeropuerto de Miami, por el que he pasado unas cuantas veces. Y entonces me ha contado que se llama Josefa, que ella es la primera vez que viene, y que va a vivir con su hermana que emigró de Guatemala, el país en que ambas nacieron, hace diez años. Que su hermana tiene papeles porque se casó con un americano (y he entendido que al decir americano se refería a estadounidense). Y después de un rato largo de contarme de su vida en Xela (y le ha sorprendido que no conozca los Estados Unidos pero si conozca Xela), me ha explicado que se ha venido a vivir con su hermana porque su marido -el de Josefa- no le da buena vida, y una lágrima se ha deslizado por su mejilla -la de Josefa- y he entendido lo que quería decir con no darle buena vida. Y con la segunda lágrima deslizándose por su mejilla a mi se me ha hecho un nudo infinito en el estómago, y he sentido en la boca un sabor todavía más amargo que el que me ha dejado el puro de Camilo.

Me he despedido de Josefa con un abrazo largo, y le he deseado que le vaya muy bien. Y me he ido paseando hacia la calle, a fumarme el último cigarro del día en Miami antes de embarcar yo también, escuchando las conversaciones -todas en castellano- de los empleados del aeropuerto y tarareando en mi cabeza la canción de Calle 13.

sábado, 4 de febrero de 2012

Desde Bolivia

(Publicada en L'Informatiu el 2 de febrero de 2012. Ver aquí)

Escribo la columna semanal desde el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Diez horas esperando la salida del vuelo a Sucre dan para mucho, incluso para cumplir con esta agradable obligación semanal.

Nada más cruzar la puerta de salidas internacionales he recordado un comentario que me hizo el director de este diario con ocasión, hace ya un tiempo, de un viaje a Ecuador. El protagonista de aquel comentario eran los ojos de las personas que esperan ansiosas en el aeropuerto la llegada de sus migrantes.

Todas esas personas en nuestro país que afirman sin pudor que los migrantes llegaron a quitarnos el trabajo o a aprovecharse de nuestros servicios públicos deberían, aunque fuera una vez en su vida, volar a Ecuador, a Bolivia o a Perú. A ellos y ellas va dirigida esta columna.

Si algún día lo haces, para las largas horas de vuelo te propongo que intentes conversar con aquellas personas que intuyas que son migrantes que vuelven a su país a pasar unos días con su familia. Que intentes, con delicadeza, preguntar por sus historias de vida. Cuánto tiempo llevan viviendo en España, a qué se dedican, cuanta familia dejaron en su país, cuánto tiempo hace que no lo visitan.

Puestos a proponer, te sugiero que intentes mantener estas conversaciones con mujeres. Escucha las historias de los hijos e hijas que dejaron a cargo de las abuelas para venir a cuidar de nuestros hijos e hijas. Escucha el tiempo que hace que no ven a sus mayores, porque los dejaron en su tierra para venir a la nuestra a cuidar de nuestros mayores.

Es probable que entre las personas con las que puedas conversar, haya alguna que hace años que no pisa su país. De lo que obtienen cuidando a nuestros hijos e hijas, a nuestros mayores, limpiando nuestras casas o recogiendo las cosechas de nuestros campos, envían una buena parte a sus familias. Ahorran todo lo que pueden, y eso es incompatible con agarrar un avión a menudo.

Si encuentras a alguna de esas personas, no dejes de mirarla a los ojos cuando el comandante del vuelo anuncie que se inicia la maniobra de aterrizaje. Procura descubrir las emociones que circulan por su cabeza, por su cuerpo, por su piel.

Sigue mirándola mientras desembarca del avión. Mientras hace la larga cola para pasar los trámites migratorios. Mientras recoge su maleta (¡que bueno sería poder mirar por un agujerito qué lleva en esa maleta!). Y síguela con la vista cuando atraviese la puerta de llegadas internacionales. Cuando busque con su mirada a su familia.

No tengas prisa. Date un tiempo para ver como se abraza con los suyos, con las suyas. Intenta comprender las sensaciones que la invaden. Intenta imaginar como se siente cada noche en tu país cuando se va a la cama lejos de los suyos, de las suyas.

Si todavía no tuviste suficiente, cuando vayas a tomar el vuelo de regreso a casa, repite el proceso mirando como se despiden esas mismas personas que vinieron a pasar unos días con su familia.

Aunque pensándolo bien, quizás puedas ahorrarte el billete de avión porque tal vez un día de estos seas tú el que acuda, la que acuda, a cualquiera de nuestros aeropuertos a despedir o a recibir a tu hija, a tu padre, a tu hermana.