domingo, 16 de febrero de 2014

El por qué de Germán

Hoy en la mañana salí a callejear Quito y terminé entre los puestos de artesanía del parque El Ejido. Cuando las plantas de los pies empezaban a pedirme un descanso, me senté en uno de los bancos y saqué el libro que ando leyendo. Y ese momento se me acercó Germán a pedirme un cigarrillo. 

Germán es uruguayo, deba andar en la treintena, y luce una barba poblada que no esconde sus lindos rasgos. Le ofrecí papel, filtro y tabaco suelto, y en el tiempo que tardó en servirse intercambiamos cuatro frases. Suficientes para que a ambos nos apeteciera intercambiar alguna más.

¿Dónde puede tomarse uno un buen sanduche para reponer energías? le pregunté. Acá cerca hay un sitio decente, me respondió. ¿Te apuntas? le invité. Si paga la madre patria, no tengo ningún inconveniente, remató. 

Y entre sanduches de pernil y unas cuantas pilsener Germán me ha contado que estudió contaduría en la Universidad de la República, en Montevideo. Que anduvo trabajando un par de años en una empresa de su ciudad, y que a mediados de la primera década del siglo la crisis en su país le obligó a exiliarse. Un primo que andaba por Madrid le sugirió que fuera para España. Y terminó en Gandía, trabajando en las oficinas de una empresa del sector del mueble. Pero llegó la crisis a España, y de nuevo le obligó a exiliarse.

Dos exilios económicos en menos de cinco años son demasiado, me cuenta Germán. Así que decidí que si tenía que seguir botando de un lugar a otro, lo haría en función de mis decisiones, y no de las de los mercados internacionales.

Germán había ahorrado lo suficiente como para poder tomarse unos meses para pensar. Pensar dónde, cómo y por qué. Respecto al dónde, decidió que sería en su continente, en América Latina. El cómo, no volviendo a ser nunca empleado de nadie. El por qué… ahí le surgieron más dudas.

Me cuenta Germán que cuando decidió que sería en su continente, buscó un destino al que pudiera llegar con billete de avión barato. Y Quito le pareció una buena opción. Hace seis meses que llegó a la capital ecuatoriana, y en los primeros tres aprendió a trabajar la bisutería.

Ahora vendo las artesanías que yo mismo hago, me sigue contando. Unos días me ubico en los alrededores del mercado artesanal de La Mariscal. Otros en el parque El Ejido. Cuando me canso de Quito, traslado la “oficina” a la costa. O a algún lugar de la sierra. Y el día que me canse de Ecuador, tal vez cruce la frontera, todavía no sé en qué dirección.

Sabes, me dice Germán cuando estamos a punto de despedirnos, en estos meses seguí dándole vueltas al por qué. Acá en Ecuador hablan mucho del Buen Vivir, del Sumak Kawsay. Yo no acabo de entender bien lo que significa eso. Pero yo le di mi propia lectura. Yo necesito poco para vivir bien, porque no necesito vivir mejor. Ni mejor que nadie, ni mejor cada día. Solamente vivir bien, y de un modo que no implique que el resto no pueda vivir igual de bien que yo.

Y mientras se aleja con una sonrisa, creo que sí que lo entendió. Y creo que encontró el por qué, un por qué.

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